El NUDO DE PARAMILLO HUELE A CACAO

January 24, 2017

 

Ese día, mientras estaba sentado en un tronco y los cuerpos de soldados y miembros de la Fiscalía lo rodeaban como jueces en un tribunal, decidió que no iba a ganarse más la vida sembrando coca.

Lo cuenta entre risas, como si se tratara de una anécdota juvenil. Pero enseguida se pone serio y admite que nunca antes tuvo tanto miedo. Miedo de ir a parar a una cárcel siendo apenas un campesino. Miedo de perder a su esposa Isabel. Miedo de perder su finca, su familia, sus gallinas, sus dos gatos y ese cerdo con una mancha negra en el lomo que lo persigue igual que si fuera un perro.

 

Se llama Pablo y parece un abuelo de película. Tiene una sonrisa fácil, cálida y honesta, pese a que está desprovista de dientes arriba.

 

Por eso es difícil ver en él a un delincuente. Ni aunque antes se dedicara a cultivar coca en Antioquia, una de las actividades ilegales más proscritas y perseguidas por las autoridades del país.

 

Debajo de las cejas espesas, salpicadas de gruesas canas como cables, tiene unos ojos oscuros y profundos. Un brillo nace en ellos cuando recuerda que ese día le dijeron que no solo se iba preso sino había que quemar completo sus cultivos de coca y de lo que tuviera sembrado.

 

Tenía medio galón de gasolina en el lote, así que lo acusaron de posesión de elementos para elaborar drogas y procesamiento ilegal de sustancias ilícitas.

 

Pablo tiene 70 años y el cuerpo de un boxeador, con brazos musculosos y abdomen plano. Unas manos con las que parece que podría abrir cocos y piernas gruesas y fuertes como troncos.

 

Carga un machete de empuñadura naranja en el cinto y cuando se carcajea lo hace tan fuerte que espanta a Baby, el gato gris que lo mira desde un muro.

 

Cuando cuenta cómo iba a ser procesado por narcotráfico en una de las zonas de Colombia en las que más hubo producción de drogas ilícitas en las pasadas décadas parece asombrado, dice que parece imposible que en medio de tanto delito las autoridades hayan decidido perseguirlo a él.

 

“Yo no soy ningún ‘narco’ como me dijeron ese día, soy un campesino que solo entiende de tierra y que sembraba coca porque qué más hace uno acá. Acá no había otra alternativa sino hacer lo que todos los demás”, dice mientras muestra las manos enormes, callosas y sucias de barro con las que ahora trabaja la tierra, pero para sembrar cacao. Ya no más coca. Nunca más coca.

 

“Estas no son las manos de un ‘narco’, son las manos de alguien que solo sabe sembrar pero lo único que se podía sembrar era coca, era la única manera de ganarse la vida”, agrega y vuelve a trabajar con el machete limpiando la maleza de la finca Los Trozos, donde hoy tiene sembradas varias hectáreas de cacao justo en la zona boscosa del terreno.

 

Al lado del letrero con el nombre de la finca hay otro en el que se lee “aquí se cultiva oportunidades, progreso y futuro”. Todo escrito a mano, en mayúsculas, con pintura roja.

 

Parece verdad que del suelo sale esperanza. Pablo abre con su machete uno de los frutos de cacao que cultiva en Los Trozos y saborea una de las pepas. Sonríe y le ofrece una a Laura. Laura también tuvo problemas con las autoridades por causa de la coca. Fue a sus 11 años. Ya han pasado 9 desde ese día. Ella manejaba una moto por las carreteras que atraviesan el Nudo de Paramillo entre los departamentos de Antioquia y Córdoba. Una patrulla de la Policía la detuvo.

 

En un morral, igual al que llevaba al colegio, cargaba nueve kilos de base de coca. Tenía que entregarlos a un grupo de paramilitares que los habían comprado para procesar drogas. Su edad la salvó del peligro, pero esa fue una campanada de alerta que no dejó de escuchar.

 

 

 

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